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La ilusión de CON-vivir

Con las pocas excepciones de parejas que viven su relación conservando cada uno su hogar personal, la máxima ilusión de una pareja es compartir la vida, el tiempo y el espacio cotidiano. Y con esa ilusión, vivir juntos se considera el destino final de su amor, de su atracción, de su compenetración. Pero es también cierto que la vida en pareja tiene sus propias reglas, y armonizar los objetivos de dos personas conservando un proyecto común, no resulta tarea fácil.

Hay aspectos prácticos cuyo descuido no tiene que ver con el desamor pero que si no se atienden adecuadamente, pueden malograr una vida en común y convertir esta experiencia en algo decepcionante. Uno de ellos es el cuidado del hogar común: compartir equilibradamente las responsabilidades cotidianas. El otro, el cuidado de la convivencia: dejar tiempo y espacio para compartir con el otro.
Se suele afirmar que si hay amor, hay solución a cualquier problema. Y quizás esto sea cierto, pero el poder del amor a veces se derrumba ante situaciones triviales pero repetidas, hábitos establecidos de forma tácita y unilateral, pequeñas frustraciones que se van sumando día a día y van minando los cimientos de una pareja de forma soterrada, sin que a veces uno, a veces los dos, tengan conciencia real del riesgo que suponen.
La convivencia requiere ante todo que la pareja sepa organizarse y establezca unas mínimas reglas de juego que garanticen el cuidado del hogar y el equilibrio de responsabili- dades entre ambos; sobre todo cuando los dos tienen que atender, además, obligaciones profesionales. Ya no sirven los modelos tradicionales donde la esposa asumía el peso de las tareas del hogar y el marido se encargaba de salir al mundo a conseguir los recursos. Tampoco sirve iniciar una convivencia sin tratar estos temas, tan prosaicos pero tan importantes, ya que se convierten muchas veces en el punto de partida de un desequilibrio de fuerzas que a la larga puede dar al traste con la relación.
El desequilibrio suele producirse habitualmente a costa de la mujer, que a sus tareas laborales o profesionales ha de añadir, todavía con demasiada frecuencia, el peso de la responsabilidad del hogar y de la atención de los hijos. Esta es una realidad aún en muchas parejas que comparten tareas y responsabilidades, ya que incluso en estos casos, como una rémora que cuesta superar, persiste la idea del ‘te ayudo’, lo que refleja una buena disposición del hombre pero genera ‘inexplicables’ molestias en la mujer porque sigue dejando en sus manos el peso final de la organización del hogar.
Esta realidad se agrava cuando las obligaciones profesionales de las mujeres ocupan más tiempo de las ocho horas estrictamente laborales. Siendo un índice de progreso profesional, a la mujer le supone un obstáculo en relación a su pareja y, hoy por hoy, es una realidad peor aceptada que si es el hombre el que se encuentra en esta situación.
En todo caso, siendo importante tener pactada la forma en que ambos miembros de la pareja van a contribuir al mantenimiento del hogar, del espacio vital donde va a desarrollarse su intimidad; la convivencia de una pareja requiere sobre todo algo que muchas veces se olvida: cuidar el con-vivir.
Mientras la pareja no vive en común, ha de estructurar su tiempo abriendo espacios dedicados exclusivamente a compartir con el otro. La relación ocupa espacio en la agenda personal, en el propio calendario. Se mantiene así la motivación, la expectativa de verse; se experimenta así con mayor intensidad el tiempo, amplio o escaso, que ambos pueden compartir. El deseo de estar juntos hace que la pareja fantasee acerca de las ventajas de convivir, pero a la hora de la verdad, cuando la convivencia se convierte en una experiencia habitual, a veces se deja de realizar este esfuerzo activo de querer-estar-con el otro, se deja de ‘quedar’, se deja de abrir espacios especiales para el otro, quizás por considerar que ‘ya se tienen’, en casa.
El hogar, la pareja consolidada, suponen un marco emocional seguro desde el cual cada miembro de la pareja puede seguir desarrollándose de forma individual. Es importante, incluso, que cada uno conserve su mundo, sus expectativas y sus objetivos, pero no pueden olvidar que si la pareja se descuida, si entre los objetivos de cada uno no se contempla también alguno en común, la relación corre un serio riesgo.
Consolidar una pareja supone el logro de uno de los objetivos más importantes en la vida de una persona. El trabajo supone otro reto importante. Ambos han de cuidarse día a día para que no se malogren, pero en general esta idea de la atención constante se aplica con mucha más frecuencia al trabajo, mientras que la pareja corre el riesgo de irse desatendiendo de forma casi inadvertida, en un deseo -legítimo en su origen- de preservar el espacio personal o en una defensa -a veces prematura- de ser absorbido por el otro.

Dice un refrán que el casado casa quiere. Y una convivencia, vida en común precisa. Muchas veces los objetivos, los retos personales, la carrera profesional, absorben un tiempo ilimitado, un tiempo al que uno mismo no pone límites. Y en esta ausencia de límites se sacrifica el tiempo de la intimidad, el tiempo para el otro, que es también el tiempo para uno mismo.
El estrés profesional se caracteriza porque la persona desconecta de sí misma, desoye sus necesidades y las desatiende, ignorando los síntomas que le van avisando, hasta que se produce el crac. En la pareja pasa lo mismo. La pareja se considera una parte de sí mismo, y se ignora mientras se atienden otras necesidades, otras exigencias, otros retos. Y como en el estrés profesional, el olvido del otro y de lo que el otro significa para uno mismo, enferma la vida de pareja y a veces la aniquila.

Si leer estas líneas ha encendido una alarma en tu cabeza se impone una autoevaluación en pareja que contemple:
o Abrir un espacio de comunicación sincera donde ambos expresen cómo enfrentan las responsabilidades de los dos con relación al hogar y a los hijos.
- Es importante detectar si existe una sensación de desequilibrio en alguno de los dos. Sin olvidar que esto tiene mucho más que ver con las actitudes que con el reparto estricto de las tareas.

o Realizar una revisión del tiempo que se dedican mutuamente y cómo se emplea, teniendo presente:
- La importancia de realizar esta evaluación de una forma objetiva y acotar un espacio concreto -por ejemplo, un mes- evitando justificaciones y ateniéndose a lo que la realidad muestra.
- Recordar que ‘tiempo en casa’ no es necesariamente ‘tiempo con el otro’. Una vez más, hay que reconocer actitudes y revisar el espacio interior que se concede a la relación.

o Obviamente, poner remedio. Ninguna relación humana se mantiene en el tiempo si no se cuida. Incluso los expertos y expertas en dar, en ceder, en renunciar, en comprender… tienen un límite.

o Reflexionar de vez en cuando en lo siguiente: cuidar el equilibrio entre dar y recibir es la clave del éxito en una pareja, pero este equilibrio sólo se consigue si ambos -nunca uno solo- se centran sobre todo en dar.

Carmen Molina Ortíz de Zárate
PSICÓLOGA - Colegiada M-12725
cmolina@correo.cop.es
Tel. 91 402 60 98 - 607 530 813

 

 

 
 
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