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SeXducción
Seducir, con la finalidad que sea- y casi siempre es la misma-, además de proporcionar noches con actividades mán intensas que ver Crónicas Marcianas, alimenta el ego, que nunca viene mal. Nos gusta gustar. Nos guta tanto, que por lo general comienza a gustarnos alguien cuando detectamos que le gustamos. Parece un trabalenguas, y de eso se trata, también, porque si lo hacemos bien, no faltarán lenguas con las que trabarnos. Gustar es gustarnos y viceversa. Esta es la primera verdad de la seducción y si se toma conciencia de ella, la mitad del camino estará andado. Claro que no hablamos de gente que va por la vida flotando a metro y medio de las aceras, convencida de que nadie tiene el nivel suficiente para compartir horizontalidad con su cuerpo serrano. No. Hablamos de gustarnos en lo que nos gusta y corregir lo que detestamos. Sin ponernos para salir una personalidad prestada o -peor todavía- comprada en los mercados de la imagen premasticada que vende lo que hay que ser y lo que no. Gustarnos porque nos conocemos mejor que nadie y, si no nos caemos bien a nosotros mismos, ¿qué queda para los demas? Si le pasaba a Bogart... Entre lo que nos ha tocado y los que nos gustaría tener, corremos el peligro de dejar pasar muchos trenes. Nadie se salva. El propio Humphrey Bogart, que dentro y fuera de la pantalla fue un seductor de cuidado, confesaba una vez que ‘me gustaría tener diez centímetros más de estatura y quince kilos más de peso. Y entonces, que se cuiden todos los hijos de puta de Hollywood’. (Lamentamos el exabrupto, pero así lo dijo). Lo malo no es desear lo que no tenemos, sino hacer de ese anhelo una traba para que afloren los encantos que sí tenemos. Todos y todas hemos gustado alguna vez, más de una. Y toca preguntarse por qué, cuál de los factores que tan a gusto cambiaríamos fue el que resultó irresistible para esas personas, compararlo con lo que a nostros nos gusta de nuestra propia apariencia y personalidad, y verificar que tenemos más armas de las que creíamos. El potencial Ahora que hemos asumido que tenemos más recursos de los que creíamos, toca pasar a la acción. Cada hombre o mujer tiene un potencial seductor que espera ser utilizado. De hecho, a menudo funciona sin que lo adviertas, así que imagina lo que puedes conseguir si aprendes a manejarlo. No se trata de fingir ni establecer complejas estrategias, sino de aplicar tus puntos fuertes a un fin que deseas. Si lo que más atención te suele conseguir es tu capacidad para entablar conversaciones interesantes, de poco valdrá que te pases la noche intentando ligar a través del baile. Y viceversa. Hay gente que no necesita más que hacer acto de presencia para atraer las ‘antenas’ del sexo opuesto, pero si eres de esa clase, tampoco te fies, ya que a menos que prosigas la ‘faena’, lo más probable acabes volviendo a casa con el peso de mil miradas… y ninguna mano que acariciar. ¿Te ha ocurrido alguna vez? Y si te clasificas en el otro extremo, el de quienes sienten que nadie les hace el menor caso, lo primero es pedirte que no exageres. Sabes que eso no es cierto, aunque acaso padezcas de esa fatal tendencia a reducir tus aspiraciones a sólo una persona, esa que en general pasa de ti. ¿Has mirado alrededor? La falsa imagen A menudo encubrimos la timidez con una soberbia de pega que ahuyenta a muchos posibles candidatos, del mismo modo que si una incipiente cita nos interesa en exceso, creemos ‘vacunarnos’ contra un eventual rechazo actuando como si nos importara un pimiento de lata. Y así, si al final ‘pasa’ algo será porque la otra parte nos encuentra interesantes pese a resultar un pelín cargantes. Solemos proyectar una falsa imagen que, como además nos es ajena, no sabemos administrar. ¿Quién ha demostrado que a todos los hombres les gusten las chicas súper lanzadas, o a todas las mujeres les chiflen los más ocurrentes? Piensa en tus amigos si eres hombre u en tus amigas si eres mujer: ¿te gusta el mismo tipo de especímen del sexo opuesto que a ellos? No, cada persona tiene sus propias preferencias. De modo que, si con tu propia imagen puedes gustar a un buen número de personas, ¿para qué ponerte una piel prestada que además siempre acaba tirando de sisa? Aquello de las películas americanas, en las que el amigo o amiga del protagonista le recomienda, ante una cita amorosa, lo de ‘sé tu mismo’, es una verdad de perogrullo pero verificable. Claro que se refiere a la parte más adorable de ese mismo o misma, y no a las manías. La seXducción La interacción con el otro o la otra que nos interesaría culminar en fusión, depende de muchos factores. Pero los decisivos son pocos. Uno de ellos, la capacidad de hacer sentir a la otra parte que, allí y ahora, es única. Prohibido, por lo tanto, mariposear por toda la fiesta o el local, picoteando de uno en otro, sin solución de continuidad. La sexducción -sí, la x es por lo que piensas- es hacer que una persona y un momento sean especiales. Y lo son, aunque sólo busquéis calor para una noche. ¿Te gustaría sentir que eres el premio de consolación porque otros candidatos, otras postulantes dijeron que no previamente? Seguro que no. A nadie le gusta eso. Evitar hacerlo no garantiza que no te lo hagan, pero al menos así, si te ocurre, será algo injusto y no esa especie de justicia divina que tanto fastidia porque sabes que te lo merecías. Todos mentimos un poco cuando queremos gustar. Es parte del juego y nada peligroso, salvo que tus mentiras sugieran cosas que no podrás asumir más tarde. De allí que convenga limitar las mentiras a la selección de la información ofrecida, y las exageraciones al campo de lo realizable. Lo mejor es utilizar esas pequeñas pasiones como vehículo de la conversación y estímulo de la curiosidad. La gran mayoría de nosotros tenemos trabajos que aunque en algunos casos puedan parecer apasionantes, vistos desde dentro son una lata. Así que una pasión no laboral ayuda a demostrar que haces algo más que vivir y fichar en el reloj de la sociedad. Nos encanta ser escuchados, pero, ¿sabemos escuchar? Parte de la sexducción consiste en las fases previas, con la ropa puesta y público alrededor. Es en esos momentos de primer conocimiento es cuando comienza a decirdirse lo que -tal vez- culmine horas más tarde en una intimidad de cuerpos y respiraciones. Por eso es tan importante. La capacidad de escuchar al otro, de interesarnos sinceramente por lo que nos está contando, es el primer paso para comprobar que esa imagen nuestra que les llamó la atención no era un espejismo. Hay que escuchar y responder, pero sin tratar nunca de reducir la vivencia del otro al tamaño de una pequeñez, porque eso ofende. Seducimos para nosotros y no para la galería. O así debería ser. Eso quiere decir que el espectáculo que importa tiene los mismos espectadores que protagonistas: dos. De modo que las peticiones de opiniones, valoraciones y consejos a ese amigo o amiga que nos acompañó, sólo sirve para marear las perdiz y demostrar nuestra inseguridad. Decide por ti y que quede claro. En caso contrario te puedes acabar llevando a casa a la elección de otro, lo cuál siempre es un mal comienzo. Seducir no es un delito, aunque nos enseñaran que suponía someter al otro. Nada más equivocado. En todo caso, es encantar, encandilar, convencer de que merece la pena tirarse a la piscina en nuestra compañía y, desde luego, sin bañador. Claro que la educación fastidia, y durante décadas nos enseñaron que en los hombres estaba bien visto insistir, y en las mujeres resistir. Y así no hay manera. Si crees que exageramos, ahí va la definición del diccionario de la Real Academia para el bello verbo seducir: ‘engañar con arte y maña; persuadir suavemente al mal’. Y hay que esperar a la segunda acepción para llegar a algo más aceptable: ‘embargar o cautivar el ánimo’. Pues eso. Pero de lo otro, nada. Si la sexducción no es mutua, no es sexducción. Es otra cosa, que siempre dejará a una de las partes con sabor a ceniza en los labios. Vale que en apariencia, siempre hay uno -o una- que lleva la iniciativa, pero más que consentimiento, se requiere complicidad. Entre dos desconocidos se establece un código que transcurre en varios niveles: el del discurso, en el que además de expresar, se sugiere; el de las intenciones, que se traducen en gestos a medida que comprobamos que existe la coincidencia; y el de los deseos, que se tornan más concretos a medida que se acerca el momento de concretarlos. Para todo eso hacen falta dos trabajando de acuerdo, aunque no lo digan. La paciencia combinada con audacia suele dar buenos resultados. Porque todo es casi perfercto, pero en la sexducción de dos vías llega un momento en que apetece que las paralelas se toquen. Y no dejen de tocarse. Está el problema del miedo al rechazo, a estropearlo todo por precipitarse, a quedar fatal si la otra parte no pensaba -o lo pensaba pero lo niega- lo mismo que uno. Si parte del éxito reside en hacer sentir especial a quién tenemos enfrente -y sentir que lo es en ese instante- , es lógico que no le pongamos evidente hora de caducidad a ese clima. Si nos comportamos como si el paso por el alba fuera el límite para la magia, acabaremos con un complejo de Cenicienta que ni te cuento. En ocasiones, quedar ahí, con todo en el aire pero aleteando, es la mejor garantía de que habrá otra noche. Del mismo modo, suele ocurrir que los dos están esperando que el otro tome la iniciativa, para estar seguros de no apresurarse, y esperen tanto que amanezcan con dolores de nostalgia en las partes nobles, viendo sonreír a Mike el de la teletienda, cada uno en su respectivo sofá. Hay muchas maneras de tentar sin atentar, sugerir sin ofender, y proponer sin imponer. Suelen bastar las miradas acumuladas durante la noche, que en un momento feliz hablan más que cualquier discurso. Aunque conviene asegurarse, por las dudas, porque hay por ahí mucho y mucha miope, confudiendo al personal. Suerte. |